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sábado, 4 de octubre de 2014

Cerrando viejas heridas, abriendo nuevos caminos

Hoy ha sido un día largo y agotador, como tantos otros, pero al fín llego a casa, abro la puerta y entro. La rojiza luz del atardecer penetra por los amplios ventanales y confiere al ambiente del piso una cálida y agradable tranquilidad. El dolor de cabeza que ha estado torturándome durante todo el día persiste, siento fatiga y me zumban los oídos. Cierro la puerta, me dirijo al lavabo, abro el botiquín y cojo de un frasco de cristal una pastilla que trago con asco. Luego me desvisto sin prisa, entro en la ducha y giro el grifo. Allí permanezco, bajo el agua caliente, envuelta en una espesa nube de vaho hasta que suena el teléfono y salgo precipitadamente de la ducha...leer más

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